
Para mí, pisar un escenario me dice que he de tener dolor de estómago horas antes debido a los nervios, me recuerda noches sin pegar los ojos pensando en el como será.
Me pregunto, ¿cúantas personas nos verán?, ¿serán doscientas?, ¿mil? o ¿cincuenta solamente?. Me sentiré solo quizás, o puede que mi familia esté ahí para apoyarme... ¿Qué pasará?.
Una oración antes de subir, correr dos cuadras con un buen amigo para liberar tensiones.
Ya es mi hora, luces-ansiedad, público-exigencia, repertorio-esfuerzo, trabajo en equipo-amistad, sonido-pasión, música-perfección.
¿Son merecidos los aplausos?, ¿plasman lo hecho en el escenario las pifias?.
El aplauso, dulce jugo regalado por Dios, motivación, crecimiento, maduración, éxito.
Las pifias, amarga hiel robada del infierno, quinientas pifias son quinientas púas clavadas en el corazón, son quinientas noches sin dormir por el fracaso.
Yo puedo decir que con alrededor de doce presentaciones en el cuerpo, sin ser un ícono musical, pero a la vez sin ser lejano del aplauso, "los sueños se cumplen en la medida que uno no despierte. El sueño que se cumple en la realidad nunca fué sueño".
El que despierta vive un mundo sin música, sin ritmo, con acordes de mentiras, y notas de falsedad, el intrumento, el que fué tu alma en tus sueños en la realidad junta polvo, desafinado en el rincón más sucio de tú interior.
Éste instrumento en ruinas lo tomará otra persona, que en su aventura onírica, lo afinará y limpiará, tomará tú alma y será felíz con ella.
Ahí, en ese momento, tú antiguo sueño, pasa a ser un vago recuerdo que la suciedad de la realidad oculta y nubla cada vez más. Las cicatríces de las pifias pasan a formar un canon con el corazón desgarrado y sin alma.
Incompleto, tú corazón nunca latirá al compáz de tú música, aritmico se pausará de a poco en un solfeo funebre, hasta que Dios, el maestro de orquesta de la señal del redoble final.
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